(Un cuento de Navidad)
La esfera de la memoria helada
Nochebuena, 11:37 p. m.
El tictac del reloj marcaba el compás de su soledad. Afuera, risas y villancicos. Adentro, Clara desarmaba el árbol navideño con manos firmes. Había sido idea suya: un último intento de normalidad. Él había dicho que sí con esa sonrisa distante que ahora entendía, la sonrisa del que espera que pase el trámite.
Pensó en dejar el árbol a medio desarmar. Como todo lo demás.
Al guardar la última estrella, sus dedos rozaron algo que no recordaba haber puesto allí: una caja de madera clara, astillada por el tiempo.
Dentro, envuelta en papel de periódico —La Voz de Espiñaredo, 24 de diciembre de 1998, el día antes del funeral de su padre—, yacía una esfera de nieve.
Más que pesada.
Densa.
Como si hubiese sido tallada del núcleo de un glaciar.
Dentro: una casa de madera bajo una nevada suspendida, rodeada de abetos grises. Y en el porche, una figura femenina de espaldas, envuelta en un chal de lana gris. El mismo que su madre tejía en largas tardes de invierno.
Clara sintió un frío inesperado en la nuca, como si el aire hubiera cambiado de estación de golpe. No era miedo. Era el recuerdo de una puerta que creyó sellada.
Colocó la esfera sobre la mesa. Dentro, la figura parecía observar la puerta cerrada de la casita.
En el sueño
En el sueño, caía. No por las escaleras de su edificio, sino por las de la casa de Espiñaredo.
Las de la infancia.
El vértigo era idéntico: ese instante suspendido entre el equilibrio y el desastre. Abajo, las baldosas de la cocina esperaban. Y él la miraba desde arriba.
No con terror.
Con alivio.
—Los médicos dicen que fue un accidente —murmuró después, tomándole la mano con una delicadeza que la hizo vomitar—. Tal vez sea lo mejor. No estábamos preparados para esto.
El niño —el deseo, la promesa, el hijo— se esfumó entre sangre y eufemismos.
Clara despertó con la boca seca. Las sábanas empapadas. 3:47 a. m.
En el comedor, la esfera la esperaba bajo la lámpara encendida.
La figura ya no miraba la puerta de la casita.
Ahora giraba la cabeza.
Grado a grado.
Hasta quedar de perfil.
Hasta mirarla, directamente desde el cristal.
El niño en la nieve permanente
Tres noches después, el sonido la encontró.
No era un crujido. Era un ssshh-ssshh rítmico, como uñas largas sobre cristal. Venía de la esfera.
Dentro, la escena había cambiado.
Dos figuras: la mujer, aún de perfil, y un niño. Pequeño, de unos tres años, agachado en la nieve inmóvil. Lloraba. Empujaba un camión de juguete azul. Tenía una rueda rota.
Clara jadeó.
Era el mismo camión que había comprado en secreto. Lo escondió en su mesita de noche. Después del accidente, desapareció. Supuso que él lo tiró.
El niño alzó la vista.
Ojos de cristal, azul pálido. Sin pupilas.
Pero veían.
Lo supo en la médula.
Se alejó. Apagó la luz. Cerró la puerta.
Esa noche, al borde del sueño, una voz infantil le susurró:
—Mamá duele.
No me duele, mamá.
Mamá duele.
Como si ella fuera la herida.
La letra fantasma
Buscó respuestas. Rastreó foros de antigüedades, contactó con coleccionistas, rebuscó en archivos digitales sobre Espiñaredo. Nada. Ni un registro, ni una imagen similar. El café se le enfrió entre las manos.
Hasta que, en un ataque de furia, sacudió la caja.
Algo crujió.
Un sobre. Amarillento.
Su nombre, en una caligrafía temblorosa.
Mi Clara:
Si estás leyendo esto, es porque al fin lo encontraste. Y porque el dolor te trajo hasta él.
Perdóname por no decírtelo antes. Después de lo del bebé y de cómo te fuiste… tus ojos decían que no había lugar para mí en tu pena.
La esfera era de tu abuela. Y de la suya. No es una maldición. Es un espejo. Un espejo del pesar más profundo. Le da forma. Para que podamos mirarlo de frente. A veces, incluso tocarlo.
La casa que ves es la mía. La de Espiñaredo. La figura del porche era yo.
Y lo que veas dentro… será tuyo.
Si alguna vez necesitas enfrentarte a ella, de verdad, ya sabes dónde estoy. En la dirección de siempre.
Te quiero. Siempre.
Mamá
Clara lloró. Tarde. Pero lloró.
En el tren, al día siguiente, el viaje la llevaba de vuelta al pasado. Un pasado triste, al que había negado durante años, pero que ahora le parecía menos afilado. No porque doliera menos, sino porque prometía respuestas.
Miraba por la ventana sin ver. El paisaje blanco pasaba sin entrarle, como si la nieve también hubiera aprendido a callar. Pensó en él. En los días antes del accidente y en los de después. Ahora le costaba distinguirlos.
Recordó los silencios compartidos en la cocina, los platos sin tocar, la manera en que él evitaba nombrar al niño, como si decirlo en voz alta pudiera traerlo de vuelta. Clara entendió entonces que no solo había perdido un hijo. Había perdido una lengua común.
Espiñaredo: la casa que respira
Todo seguía igual, pero más pequeño. Más doblado por la nieve.
La casa estaba al final. Azul descascarado. El banco del porche intacto.
La puerta entreabierta.
—¿Mamá?
El olor a pan de jengibre. A leña. A raíces.
Todo en orden. Todo limpio. En el salón, bajo el retrato de su abuela, otra esfera.
Dentro, su piso en Madrid. Cada detalle. Cada mancha. Y en el centro, ella. Sentada. De espaldas.
Su madre apareció en la cocina. Había encanecido, pero caminaba como siempre. Su delantal de lino. Sus manos firmes.
—La esfera muestra dos realidades —dijo, sin dramatismo—. La casa del dolor pasado. Y donde vive el dolor ahora.
Clara no pudo hablar. Solo asintió.
—Siempre supe que volverías cuando estuvieras lista para ver.
Clara bajó la mirada. No estaba segura de haber estado lista para nada.
Las reglas de la aflicción
Tomaron té.
—La esfera no atrapa almas, Clara. Da forma al duelo. Para que no flote dentro.
—¿El niño?
—Tu pena.
—¿Y por qué me mira? ¿Por qué llora?
—Porque tú lo haces.
La rabia llegó. Contra la esfera. Contra todo. La levantó y la arrojó.
No se rompió.
Pero en su cara floreció un corte limpio. Y en el cristal, una grieta exacta.
—No se puede destruir —dijo su madre—. Es parte de ti. Puedes vivir con ella. O entrar.
No era una trampa.
Era un pacto.
El último umbral
Las noches siguientes, Clara miró. Observó su vida desde fuera: dormir, beber, mirar por la ventana.
En la otra esfera, el niño jugaba. Se acurrucaba junto a la mujer del porche.
Una tarde, Clara tocó el cristal. Sintió un pulso. Un latido. El tacto de lana. Un corazón pequeño.
—¿Y si entro? —preguntó.
—Tu bisabuela lo hizo —respondió su madre—. Un día se fue. La esfera quedó vacía.
—¿Murió?
—Su pena murió. Ella… se fue con ella.
—¿Y tú? —preguntó Clara, en voz baja.
Su madre la miró, sin prisa.
—Yo elegí quedarme afuera.
Esa noche soñó. Caminaba por la nieve. El niño señalaba la puerta. La mujer tendía la mano.
Al despertar, supo.
Fue al salón. Las esferas la esperaban.
En una, ella en el suelo. Derrotada.
En la otra, el niño, la luz, la puerta.
Clara tomó la esfera.
—Estoy lista —susurró.
Y empujó.
No el cristal. Su culpa. Su amor no vivido.
El mundo cedió. El frío del cristal fue el del aire. La curva del vidrio, el cielo.
Y estaba dentro. Sin transición. Sin resistencia.
El niño la miraba. Sonrosado. Real. Sus ojos, los suyos.
—Te esperaba.
La mujer del porche sonrió. Triste. En paz.
—Puedes mirar desde fuera. O entrar.
Y entró.
Epílogo
Nochebuena, un año después
En Espiñaredo, su madre apaga la luz.
La esfera del salón muestra un porche. Una mujer y un niño. Sentados. Mirando hacia la chimenea. Dentro, un árbol. Luces. Calor.
No hablaban. No hacía falta.
La madre acaricia el cristal.
—Descansa, hija —susurró.
Afuera, comienza a nevar.
Y en algún lugar, otra caja de madera espera en la oscuridad.
Porque a veces, lo que un fantasma más necesita no es ser exorcizado.
Es ser invitado a sentarse a la mesa.
Natalia Koer. Noviembre 2025
