El barco se había rendido hacía tiempo. La prora, hundida en el fango de la orilla, semejaba una rodilla hincada, un gesto de sumisión definitiva. Las cuerdas viejas, deshilachadas y de un color herrumbre, eran más un adorno que una atadura; sujetaban nada, o acaso la memoria de lo que había sido sujetar. Pero Mónica no necesitaba que el barco fuese a ninguna parte. Necesitaba que el mundo se quedase fuera. Y lo hacía.
Aquel casco era su útero: el balanceo casi imperceptible, el lenguaje de la madera al oscurecer, el olor a salitre y humedad filtrado en cada poro de su ropa. Todo cuanto ella quería estaba allí dentro.
Mónica levantó la vista y la pluma se detuvo. Un crujido. No el crujido habitual, el que la madera confiesa cuando envejece, sino otro: seco, ajeno. Miró hacia la escotilla. Había cerrado las compuertas, sí, estaba segura. El corazón le dio un vuelco y la pluma resbaló de sus dedos, trazando un surco de tinta que se expandió sobre el folio como una pequeña muerte. Mónica contempló la mancha fascinada. «Si no fuera azul, parecería aquella», pensó, y el recuerdo le mordió las tripas con la misma violencia del primer día.
Pero entonces un bulto anaranjado saltó a la mesa. Rubí. El gato la miró con sus ojos de ámbar, se restregó contra su mano y ronroneó con la suficiencia de quien sabe que el mundo le pertenece.
—¿Cómo lo haces? —susurró Mónica, acariciándole el lomo—. ¿Cómo consigues abrir la puerta? Eres muy oportuno. Acabo de matar al malo. En mis novelas, al menos, los malos no sobreviven. ¿Eh, mi viejo judío pelirrojo?
Ella misma ignoraba por qué lo llamaba así. Mientras sus dedos se hundían en aquel pelaje espeso, se preguntó, como siempre: ¿por qué le tolero a este animal lo que no tolero a ningún ser humano? ¿Por qué le permito estar en mi cama, en mi mesa, en mi tiempo?
Rubí podía manchar manuscritos, derribar tazas, arañar los respaldos. Mónica jamás se enfadaba. A veces incluso celebraba el caos que él traía.
—A la basura —decía, arrugando el papel con una sonrisa—. Es una mierda.
Solo una cosa le crispaba el ánimo: cuando la fotografía de una muchacha de unos quince años caía al suelo. Era la imagen de una niña con el pelo largo y una sonrisa que ya no existía. Su hija. Sara.
Recordaba el día exacto en que decidió no saber nada del mundo exterior. Recordaba la repulsión, el asco, el encierro voluntario. Recordaba cómo Rubí se había convertido en su único confidente. Las fotografías, repartidas por todas las superficies del camarote, no dejaban que aquel día se desvaneciera. Imposible.
Las sesiones con Pilar tampoco ayudaban.
En realidad, ni Pilar ni ella misma sabían ya para qué servían aquellas citas. Mónica hablaba, buscaba razones, pero a menudo dudaba de si lo que contaba era verdad o si estaba interpretando a alguna de las protagonistas de sus novelas. Pilar sostenía que su relación con Rubí y con los personajes que poblaban su cabeza era enfermiza. Y aunque esas afirmaciones la sacaban de quicio, Mónica seguía yendo. Quizá porque Pilar era el único vínculo con el pasado. Quizá porque necesitaba demostrar a aquella mujer tan pulcra, tan calculadora y tan ingenua que la verdad no estaba donde ella creía, sino en las historias de terror que Mónica escribía, por muy inverosímiles que resultaran.
Recordó la última sesión.
Dos semanas antes.
Había ido a la ciudad a comprar medicinas para Rubí. Llamó a la consulta para ver si podía pasar esa misma tarde. Nina, la secretaria, le confirmó que había un hueco.
La consulta era acogedora, de una armonía estudiada: muebles de roble, una librería imponente, luz tamizada. Todo transmitía paz. Los pacientes entraban y salían sin encontrarse gracias a un sistema de dos puertas. Con una buena agenda, nunca ocurrían imprevistos.
Hasta aquel día.
Mónica llegó antes de la hora. Nina hablaba por teléfono cuando le abrió y, nada más franquearle la entrada, dijo:
—Disculpa, ahora vuelvo. ¿Te importa esperar sola?
Mónica se acomodó en el sofá y asintió. No le apetecía hablar.
Entonces advirtió que la puerta del gabinete no estaba del todo cerrada.
La curiosidad pudo más que la educación. Se levantó y se acercó.
La voz de Pilar siempre era apacible, pero aquella tarde había en ella algo distinto, una fisura, como si le costara encontrar las palabras.
—Intente recordar cómo empezó todo. Le ayudará a entender por qué lo hace —dijo Pilar.
—Ya le dije que no lo sé. ¡No me acuerdo y me da igual! —respondió una voz masculina, grave, aterciopelada, casi hermosa.
Mónica se encogió de hombros. Pero antes de que su cerebro procesara la información, su cuerpo ya había reconocido aquella voz. Por un instante sintió que estaba desnuda, que le habían arrancado la piel. Un dolor físico, eléctrico, le atravesó cada nervio. La quemaba. No podía respirar.
—Usted no lo entiende —la voz del hombre sonó cansada, como si explicar lo obvio le resultara un fastidio. Mónica intuyó, no supo cómo, que estaba sonriendo—. Me llaman loco. Pero no es eso.
Otra pausa. Más larga.
—Soy el único.
Soltó una carcajada baja, íntima.
—Cojo lo que es mío. Lo uso. Y ya está.
—Pero… —intentó Pilar.
—No hay peros —la interrumpió él con una suavidad repentina, casi amable—. Quieren meterme en un manicomio. O en la cárcel. No importa. No pueden demostrar nada. Justicia… —pronunció la palabra como si la saboreara y la encontrara vacía—. Eso es para ellos. Para la chusma.
Se oyó un movimiento, un paso.
—Yo soy libre.
El silencio que siguió fue más pesado que cualquier grito. Mónica se acercó un poco más a la puerta entreabierta.
Pilar estaba sentada en su sillón, la espalda erguida, las manos sobre las rodillas, la mirada ausente. Su melena rojiza contrastaba con la palidez del rostro; estaba más blanca que nunca. Sus ojos negros no expresaban nada, pero Mónica, que la conocía bien, supo que estaba aterrada.
Buscó al hombre con la mirada. Estaba de espaldas, de pie junto a la ventana. Alto, fornido. Habría reconocido esa figura en cualquier parte. Era él.
Mónica fue al baño. No quería oír más.
Se echó agua fría en la cara y se miró al espejo. No se reconoció. Aquella mujer despeinada, con las raíces canas, las arrugas alrededor de los ojos, la mirada tan triste, no era ella. Llevaba años sin mirarse de verdad.
—¿Esta soy yo? —susurró—. ¿Qué vas a hacer, querida? Esto no es una novela. Esto es la vida real. ¿Lo entiendes? ¿Y ahora qué?
La mujer del espejo no supo responderle.
Cinco minutos después, Mónica salió del baño y entró en el gabinete.
—Hola, Mónica. ¿Cómo estás? —la frase de Pilar sonó forzada, como si la hubiera ensayado.
—Bueno, ¿lo quieres saber de verdad o solo por cortesía? No hace falta que seas cumplida conmigo. Hoy menos.
Mónica observó la mano de Pilar, que tachaba algo en su agenda con tal ímpetu que la punta del lápiz se rompió.
—Hoy no —repitió Mónica.
—¿Y por qué hoy? ¿Qué ha pasado?
—Que hoy hace seis años que ella se fue.
—¡¿Ella?! No se llamaba «ella». Se llamaba Sara. Era tu hija, por Dios.
—Tú no entiendes nada.
—No me digas eso. Ya me han dejado claro hoy que poco entiendo de la gente —Pilar parecía al borde de las lágrimas; bebió agua con ansia, derramando sobre su blusa, y ni siquiera lo notó—. Mónica, han pasado seis años.
—¡No murió! ¡No lo digas así! —gritó Mónica—. Entró en mi casa.
La destrozó.
Y después la mató.
Y él sigue libre.
Mi testimonio no sirvió. Casi me llamaron loca. Claro…cómo iba a ser él.
Nadie toca a un hombre como él.
—Mónica… —dijo Pilar.
—¡Mierda! Todo es una mierda.
Les dije que lo vi. Que lo escuché. Pero nada.
Vivo en una cárcel. Y esta condena no tiene fin.
Tragó saliva para contener las lágrimas.
—Mónica, cariño —la voz de Pilar volvió a ser dulce—, ¿quién mejor que yo para comprenderte? Pero tienes razón, son seis años. Basta ya de torturarte. Es hora de que salgas, de que vivas. Tienes fama, dinero. Vive, disfruta. Es lo que Sara habría querido.
—Sara habría querido estar con su madre.
Pilar se puso en pie, furiosa.
—¿Sabes qué te digo? Que eres una cobarde.
—¿Cómo? —Mónica levantó la mano, pero la psicóloga continuó, exhausta.
—¡Sí! No eres capaz de vivir en el mundo real. No eres capaz de bajar a tomarte un café. Te inventas historias horribles, asesinatos sin sentido, y te dejas consumir por tus propios miedos. No tomas decisiones, no te enfrentas a nada. Por eso eres una cobarde.
—¿Yo? —Mónica se acercó, buscándole los ojos—. Dime, ¿tú sabes con quién tuviste la consulta anterior?
—Mónica…
—¡No me interrumpas! —le faltaba el aire, pero siguió—. ¿Sabes quién era? Veo que lo sabes. ¿Y qué vas a hacer? Tú sí que eres valiente, ¿no? Él te ha confesado. ¡Lo sé! Os escuché.
—Mónica, no es tan fácil. Yo estaba segura de que no era él. Hasta hoy. Todo se puede arreglar. Perdona por no confiarte…
Mónica soltó una risa amarga.
—¿Perdonar? ¿Arreglar? ¿Me puedes devolver a mi hija?
Se acercó tanto al oído de Pilar que esta sintió el calor de su aliento.
—Ahora tú enfréntate a la verdad. Tú tampoco me creíste. Solo te pregunto: ¿qué vas a hacer? ¿Serás una cobarde como yo?
De repente, Mónica sintió una calma absoluta. La decisión que había estado gestándose durante la discusión tomó forma definitiva. Desde la puerta, dijo:
—Yo te voy a hacer caso. Voy a dejar de ser una cobarde. Ahora lo veo todo claro. Haré lo que tengo que hacer. Para empezar, voy a bajar a tomarme ese café.
No escuchó las últimas palabras de Pilar. Ya no le importaban. Sabía que no volvería a verla.
Empujó la puerta de la cafetería, pidió un café y se sentó junto al ventanal.
Sacó el móvil del bolso y lo dejó sobre la mesa.
Por primera vez en mucho tiempo se sintió libre, no como quien escapa, sino como quien recuerda, de pronto, que siempre pudo abrir la puerta.
En su cabeza se formaba un plan. Perfecto, impecable.
«¿Cómo dijo él? ¿Que era el elegido?»
Quizá ella no era la elegida, pero a partir de ahora su vida volvía a tener sentido. Tenía un objetivo.
Y solo una pregunta le impedía sentir la plenitud de la satisfacción:
¿Por qué no lo había hecho antes?
Junio de 2019

Reblogueó esto en Andando tras tu encuentro…y comentado:
Excelente relato corto…léelo
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Gracias por compartir! Muchas gracias!
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