El viaje

Durante toda su vida Lisa ha tenido que hacer muchos viajes.  Viajes de negocios, de placer, escapadas de una misma, incluso ha emigrado… Multitud de viajes, importantes y no tanto.

Pero éste era diferente, era especial. Llevaba preparándolo dos años.

Lisa era una mujer autosuficiente, quién la conocía diría que era feliz. Le faltaba poco para cumplir los cuarenta, había conseguido un buen trabajo que le permitía alquilar un coqueto apartamento y no era ambiciosa en obtener más cosas terrenales, aparentaba algo despreocupada por el futuro.

No ha tenido suerte en encontrar la pareja estable, pero tampoco se obsesionaba por ello. Presumía de tener muchos amigos y de saber disfrutar de ellos. Vivía sin olvidar de sus padres y hermana pero tampoco se olvidaba de sí misma. Mimaba su lado creativo y se daba caprichos, como por ejemplo, ir a Madrid a ver el espectáculo que le llamaba atención. De repente se apuntaba al taller de pintura o se aventuraba en abrir una tienda de manualidades on-line. Pero del mismo modo que le duraban las parejas, le duraban sus hazañas. Era como si nada la llenara, todo lo que hacía quedaba en superficie.

Su vida se regía por las reglas impuestas por sus impulsos interiores procedentes más bien del corazón y no de la mente. La vida le jugaba malas pasadas a veces, pero ella siempre sabía cómo recomponerse, tenía esta capacidad de supervivencia, que por muy desastrosa que le parecía la situación, le permitía salir ilesa, aunque sea aparentemente. Siempre acordaba de las palabras de su padre de que si una nunca se rinde, siempre vence al final.

Lo más curioso era, que aunque Lisa era verdaderamente una persona extravertida, muy pocos sabían sobre su búsqueda, su lucha y  sus reales expectativas. Nadie nunca supo de sus intentos frustrados durante los diecisiete años de obtener algo que la mayoría lo tenían sin esforzarse, o eso lo que ella creía. No entendía ¿por qué era diferente? Intentaba hurgar en su pasado buscando algún error irreparable por el cual se sentía castigada, pero la verdad es que no encontraba nada grave, pero aún así el sentimiento de culpabilidad no desaparecía, pero ella sabía disimularlo muy bien.

Nada se quedaba en su vida para siempre y nadie tuvo la suerte de descubrir a la verdadera Lisa. 

Hasta que hace dos años todo cambió. Sus deseos tomaron una forma determinada, decidió poner fin a la incertidumbre y empiezo actuar.

Lisa se ha vuelto práctica y ahorradora, organizada y meticulosa, terca e insistente. Aprendió a no tomar un “no” por respuesta y seguir para adelante incluso, cuando el universo parecía no estar de acuerdo con sus planes. Solo por las noches, con los amigos virtuales se permitía a si misma ser blanda, sensible y llorona.

De día era diferente, en el trabajo la empezaron llamar “la sargento”…

Aprendió a conversar, convencer y conseguir las respuestas que necesitaba. Se convirtió en la mejor, tratando con los funcionarios y podría sacar un máster en redacción de cartas dirigidas a las Administraciones Públicas y estudió las  Leyes más que muchos  preparándose para las oposiciones.

Bueno, eran las oposiciones de su vida. 

Hasta aprendió a mentir, esquivar, buscar y encontrar las lagunas jurídicas donde no las debería haber.

Y sobre todo aprendió a esperar.

Este viaje era como el último suspiro que se produce al final de un largo y duro camino.

Este día su paciencia estaba pasando su último examen.

Solo una puerta vieja con la pintura marrón descarrilada, la separaba del anhelado encuentro. Perdió la cuenta de los minutos que llevaba esperando en este pasillo largo y oscuro, le dio tiempo averiguar lo que media el dichoso pasillo, justo ciento cuarenta y nueve pasos.

De pronto, se sintió ofendida, le pareció injusto que esta puerta fuera tan fea y vieja, que este pasillo fuera tan oscuro y que ella estuviera ahí sola. Ahora, a punto de cumplir su sueño, le pareció  inmerecida la manera tan insípida y anodina con la que estaba sucediendo todo ese día. No tendría que ser así, no de esta manera, en sus interminables sueños durante las últimas noches, era todo mucho más festivo y deslumbrante.

“¿Esperabas una orquestra quizás?” dijo ella a sí misma, intentando poner algo de gracia en el asunto.

La puerta seguía cerrada…

 Lisa estaba temblando, tenía las axilas húmedas, le dolía la barriga y tenía ganas de ir al baño, pero no se atrevía moverse de ahí. Intentó pensar en algo agradable, y no se le ocurría nada, de lo contrario, le venían las imágenes de las caras de sorpresa de las  funcionarias con las que trato esta mañana, volvió escuchar sus murmullos por la espalda, “no es la traductora”, “es ella, la que lo va hacer”. Las miradas de aquellas mujeres la desnudaban, sabía que estaba sentenciada por llevar ropa de marca, por ser atractiva, alta, por aparentar más joven de lo que era, daba igual la razón de antipatía,  de nuevo era distinta de los demás. No culpaba estas mujeres, las entendía, pero no podía evitar de querer encogerse y desaparecer de aquel despacho lo antes posible. Sintió como le empezaba arder la nuca, siempre le pasaba cuando se enfadaba…

Por fin, la puerta se abrió y la invitaron a entrar. Se sorprendió a si misma santiguando y dio el paso para adelante.

La habitación era inmensa, por un momento Lisa se quedó ciega por una luz abundante y brillante que entraba por enormes ventanas adornadas con unas cortinas floreadas y muy pomposas. Vio a un grupo de personas, algunos le estaban sonriendo, pero la mayoría tenían pinta de militares golpistas. De repente volvió sentirse igual que esta mañana, juzgada por sus miradas, valorando su apariencia y su ropa, “¿está sola?, ¿no viene con el marido?”,  “es que es soltera” disparaban las preguntas entre ellos, no les importaba que ella pudiera oírles. Era extranjera en su propio país.  Desvió la mirada hacia una de las paredes  pintadas, recreando una escena de la Caperucita Roja y entendió como debió haberse sentido ella en la boca del lobo.

Unas sillas diminutas formaban un círculo al lado de un piano.  Los juguetes estaban por todas partes, algunos esparcidos por la alfombra y otros en unas cajas de colores fuertes. De reojo vio unas fotos en las paredes y un enorme equipo de música en el suelo. Es curioso, pero la imagen de aquella sala la tendría muy clara y presente en sus posteriores recuerdos, podría describirla a perfección, sin olvidar ni un detalle. Y sin embargo, le costaría describir las personas de las que dependía su destino. No eran sus enemigos, pero, entonces, Lisa no lo sabía.

La invitaron a sentarse y empezaron contarle sobre  corta, pero intensa vida del niño. “Sasha está con nosotros desde los seis meses, su madre se escapó con él del hospital cuando nació, pero volvió al tercer día y lo dejo….” Se sentían con la obligación de ponerla al tanto de cada detalle de su biografía e historial médico, pero ella no les escuchaba. Querría pararles, gritarles que acabasen ya, que no le importaba nada de lo que pudieran decirle. Sus largas explicaciones la torturaban, ella solo quería verlo, pero no se atrevió a interrumpirles, también aprendió ser sensata.

Y por fin, la misma puerta se volvió abrirse.

De la mano de una mujer entró un niño.

“¡Dios! Qué pequeño es, qué blanco, casi transparente ¿cómo le voy a tocar?” pensó Lisa al verlo.

El niño parecía estar hecho de porcelana, parecía que iba  a romperse.

Lisa buscaba dentro de sí la explosión de los sentimientos y emociones, la habían garantizado miles de historias conmovedoras que leyó y películas que vio. Esperaba sentir el flechazo prometido. Y no sentía nada más que miedo a tocar ese pequeño.

Sasha era muy bajito, tenía muchas pecas y muy poco pelo, de un color extraño entre rubio y pelirrojo, tenía una notable barriguita sostenida por dos palitos de piernas con las rodillas puntiagudas.

La cuidadora que lo había traído empiezo a jugar con él y a Lisa le chocó la manera con la que estaba haciéndolo, era  algo artificial, como si quisiera demostrarle algo. “Me están enseñando que está sano, que tiene buenas reacciones…”, sintió el frío recorriendo su columna vertebral.

El niño no le echaba cuenta, pero los demás, sí que estaban pendientes de ella. Lisa nunca supo lo que aquellas personas veían en ella y si les decepcionó, o de lo contrario hizo lo que ellos esperaban.

No era capaz de moverse, se levantó, pero las piernas negaban a obedecerle. Seguía al niño  con la mirada. Veía a un chico enérgico y ágil.

No tenía nada que ver con la foto que ella vio hace tres días.

Era una foto de un bebe de apenas cuatro meses con la mirada de un adulto. Esa mirada suya, como si él intentase aguantar las lágrimas, como si no quisiera enseñarlas a nadie, esa mirada orgullosa impropia para un bebe, se quedó grabada en su alma para siempre.

De repente sintió un  ligero golpe, agacho la cabeza y vio una pelota en sus pies.

El niño se acerco para cogerla y ahí fue cuando Lisa sintió por primera vez a su hijo, le cautivaron sus ojos azules y su amplia sonrisa…

Sasha le dio la mano y tiró de ella invitándola ir con él.

Lisa sintió sus dedos en la palma de su mano y entendió que le estaba sonriendo. Por fin, pudo dar un paso. Pudo ver en aquél instante un hilo tangible que les unía y el cual ya nadie podría romperlo.

Sabía que acababan de comenzar el viaje más importante de sus vidas…

2 comentarios en “El viaje

  1. No he leído algo tan maravilloso como tu narrativa, desde hace mucho tiempo. Tienes las dotes de ser una brillante escritora de novelas… Te felicito por el “knock” de un final inesperado. Estas para las ligas mayores, no tengo dudas. Un cálido saludo.

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  2. Buenos días! Qué gran sorpresa me has dado! Me siento muy feliz y afortunada! Es el primer comentario sobre mi escrito en mi blog de alguien quién no me conoce personalmente! Muchas gracias por tu tiempo, por tu amabilidad ! Tus palabras las tomaré como un incentivo para crecer, aprender y mejorar! Me indican que probablemente voy por el camino correcto (que te aseguro para mi no ha sido facil exponerme publicamente), pero si hay solo una persona a la que he podido conmover…entonces, merece la pena!
    Gracias!

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