A solas con Él…
Cierro los ojos y el mundo se desvanece. Solo quedamos Él y yo, el Mar, mi amante eterno.
Sus olas me abrazan con la suavidad de un suspiro, y el bullicio de la playa se disuelve en su canto profundo, dejando solo el eco de su voz.
El viento, su aliado, me roza la piel con la delicadeza de quien conoce cada rincón de mi alma.
Siento que me habla en un idioma antiguo, en murmullos que solo yo entiendo. Me cuenta sus secretos, arrastrados por milenios, mientras las olas juegan en la orilla como niños traviesos. Pero no es juego lo que me ofrece, es una invitación. «Ven,» susurra, «deja que te lleve donde el cielo se funde con el agua.»
Y entonces, todo cambia.
La calma se transforma en algo más, en una excitación pura, una danza invisible entre mi cuerpo y el suyo. Mi alma, ligera, ya ha alzado vuelo, y mi carne ansía seguirla. Solo Él puede darme esta locura, esta libertad que no tiene nombre.
Solo el Mar.
Gracias, Mar, por enseñarme a desaparecer, por regalarme este instante de abandono absoluto, donde soy aire, agua, y todo lo que no se puede tocar.
©Natalia Koer
