La vida se me queda entre los labios,
como una carta vieja sin enviar,
como un camino roto por los años
que nunca me atreví a terminar.
Hay tardes que se apagan lentamente,
sin pena, sin victoria, sin razón,
y dejan suspendidas en el aire
las cenizas cansadas del corazón.
Cada día vivido es una piedra
que guardo en el bolsillo del ayer;
con ellas construí mi propia niebla,
con ellas aprendí también a caer.
Y voy cargando sombras y silencios,
palabras que jamás pronuncié,
promesas que murieron con el tiempo
y nombres que en secreto conservé.
Quisiera alguna vez cerrar la puerta
de todo lo que ya no volverá,
dejar que el viento limpie la tristeza
y que el pasado descanse en paz.
Ya no persigo sueños imposibles,
ni espejismos que engañan la vista.
Si mañana llega el amor, que llegue
como la luz sobre los campos: sin prisa.
Y si no llega, tampoco importa.
He luchado bastante por creer.
Hay una paz extraña en la renuncia,
hay una dignidad en comprender.
Porque después de tantos laberintos,
de tanta herida abierta en el camino,
lo único que pido
es caminar despacio mi destino.
Y cuando caiga la noche definitiva
sobre los pasos que dejé detrás,
quiero saber que fui sincera
y que mi corazón encontró su hogar.
junio 2026
Natalia Koer
