Las mañanas de Alberto…

LAS MAÑANAS DE ALBERTO

Abro la puerta y la aguanto para que mi mujer pueda pasar. Mi mujer, Lorena, es muy frágil y no podría con esta enorme puerta de cristal.
Entramos los dos en la cafetería. Nos gusta desde el primer día en que se abrió.
Llevamos desayunando aquí desde hace… bueno, desde hace muchos años, no sabría decir cuántos.
La cafetería no está en nuestro barrio. Sin embargo, su estilo tan peculiar hace que no nos importe andar un buen rato. Poco esfuerzo, en realidad, a cambio del placer que nos espera: degustar unos cruasanes de mantequilla recién horneados junto al mejor café de Antequera. Puedo asegurar esto como un hecho consabido, con la certeza total que me da ser un viajante profesional jubilado. En España difícilmente puede uno deleitarse con un café igual.
Pedro, el dueño de la cafetería, lo trae de Portugal, de la mejor marca del mundo, dice, y seguro que es así. Él sabe de lo que habla, es un apasionado de esta aromática ambrosía, un barista innato. La mayor parte de la elegante decoración de su cafetería está dedicada a la historia del café. Se ha creado su propio planeta, muy particular, pero para él, feliz.


Antes de adentrarnos en el local, nos entretenemos un poco en el vestíbulo, porque yo no quiero pasar al salón con la gabardina y el sombrero, que dejo en un curioso perchero de madera. Lorena me espera paciente; nunca quiere moverse sin mí, y tampoco quiere quitarse su chaquetón. Desde que enfermó siempre tiene frío. Cada vez se parece más una niña, y no a una mujer adulta. Hasta creo que está menguando. A veces creo que ni los espejos reconocen su reflejo, casi no lo captan de lo transparente que está. Su piel, blanca y fina de por sí, se ha convertido en un pergamino, y se puede contar cada una de las venitas y capilares de su cara y cuerpo. Ahora lleva una peluca, pero nunca me ha aparecido más guapa. Casi no me habla, parece que las palabras han perdido el valor para ella o simplemente no quiere gastar la poca energía que le queda. No me importa, me basta con su presencia. La miro y siento cómo un nudo en la garganta empieza a molestarme a la hora de respirar. Me apresuro en dejar bien colocada mi ropa; no me gusta que se quede de cualquier manera. Me acerco a mi mujer, la cojo del codo con mucho cuidado y cruzamos el umbral de la sala principal. Inmediatamente, nos sentimos arropados por el calor tangible de la bondad humana y un poco mareados por las partículas ubicuas de vainilla, mantequilla y café que recrean, para mi gusto, uno de los mejores perfumes naturales. Echo un vistazo a la gente, ya ocupados desayunando, y como siempre, me agrada el ambiente tan selecto que veo.


Nos dirigimos a nuestro rincón.
No sé como lo hace Pedro o esta joven camarera nueva, Nátali, pero nuestro lugar favorito siempre está disponible. Nuestra mesa está en el mejor sitio, al lado de un ventanal enorme, más bien una pared de cristal que da a la calle principal del pueblo, que a estas horas está muy ambientada.
Primero, ayudo a Lorena a acomodarse, muevo la silla para que el sol no le dé en los ojos y pueda quitarle sus gafas. Cuando ella se sienta, le tapo sus rodillas con un fular del que nunca se separa últimamente. Los dos nos sentamos de espalda a la sala, mirando a la gran “avenue”.
Me falta tiempo para llamar a la camarera; ya está aquí.


Nátali sabe perfectamente lo que le voy a pedir. Sin embargo, otra vez me inquieta con su mirada y la misma pregunta de todos los días.
–Buenos días, don Alberto. Como siempre, ¿un café solo y otro con leche? –pregunta, toda ella una sonrisa.
–Sí, querida–le contesto–. Un café solo y otro con leche. Los dos en taza, si eres tan amable…
No llego a entender esta expresión de asombro, de incredulidad que se le pone cada vez que le hago el encargo. Es como si ella insistiese en cambiar algo, pero sin atreverse a ello. Me mira directamente a los ojos sin desviar la mirada, intentando captar mi atención con tal ímpetu que siento mis mejillas arder. “¿A qué se debe esta mirada?”, pienso, y veo reírse a Lorena. “¿Será que le gusto? Tú siempre me dijiste que soy muy atractivo, que me parezco a Sean Connery”, y me solidarizo con su risa. “Bueno, y si es así, no tiene nada que hacer, yo soy tuyo para siempre, amor”. Lorena sigue sin contestar. Está absorta en sus pensamientos, mira a través de mí, me pregunto: “¿qué ve?”.
Le acaricio sus finos dedos y enseguida siento devuelta su caricia en mi cara. Sus dedos juegan con mi barba y pasan por mi mejilla, secando una lágrima que se me escapa.
–Aquí tiene– nos interrumpe la voz aguda de Nátali–.  Su café y unos cruasanes, por cortesía de Pedro.
Giro la cabeza hacía la barra. Ahí está él, me saluda, pero no se acerca, está liado con las cuentas.
– ¿Qué tal el café, Lorena? Hoy lo vas a terminar, ¿verdad?
Cojo mi taza y casi hundo mi nariz en ella. Me da igual cómo se ve esto desde fuera: el aroma de este café me hace revivir los mejores momentos de mi vida. Su olor denso llega hasta lo más profundo de mí ser, lo siento con cada una de mis células. Me recuerda a mí de joven, cuando todavía la vida estaba porvenir. Por un momento, cierro los ojos y me invade la sensación de que este sorbo de café es lo único real de mi existencia, pero el miedo de que ese instante no lo comparta con Lorena me obliga a abrir los ojos y regresar a ella, a su sonrisa interminable y triste.
– ¡Oh, Lorena, no bebes nada, con lo rico que esta el café! ¿Estás cómoda?
Ella asienta con la cabeza y vuelve a quedarse inmóvil ante el movimiento desorganizado de la calle, que pasa ante nosotros, tan ajeno a nuestra historia.


No me canso de observar a mi esposa, no creo ver en ella algún cambio desde hace 60 años; la veo más joven cada día. Mi cerebro se niega a reconocer sus arrugas; sin duda, es preciosa. Esta mañana elegí para ella el traje azul, es mi preferido, lo he traído para ella de Milano, de uno de mis viajes de negocios… Me pasan por la mente las imágenes de nosotros cuando éramos jóvenes.
Nos conocimos en París, un lugar muy propio para los milagros. La vi en uno de los puentes de Siena, parecía una parte indivisible de él, una fina estatuilla hecha por algún talentoso artista… Ahí estaba la mujer más bella que yo jamás había visto hasta aquel momento. Ahí estaba, disfrutando de la ciudad, del día, de la vida… Parecía tejida con invisibles hilos del mismo aire. Con la cara levantada hacia el sol, con los ojos cerrados, se balanceaba al ritmo de la música escuchada solo por ella. Su cabello dorado, en una caída libre hasta la cintura, acompañando sus movimientos su vestido azul, que realzaba su figura… Toda ella parecía estar envuelta en un halo misterioso. Era tan obvio que pertenecía a un mundo propio, ajeno a todo lo cotidiano y terrenal. Sentí una necesidad imperiosa de pertenecer a este mundo. Y Dios, universo o da igual quien fuera, ha escuchado mis rezos, porque se levantó el viento y una de las ráfagas me había traído su pañuelo, y así yo tuve un pretexto para acercarme a ella y ya nunca más alejarme. Aunque a veces creo que me he pasado la vida persiguiendo a aquella efímera mujer, aquella primera imagen de Lorena… ¿La habré hecho feliz? Trabajo, negocios, dinero, nada justifica su soledad. Todavía me acuerdo de su mirada cada vez que me hacía la maleta… Al menos, si tuviésemos hijos… Todavía me corroe la culpa por apartarme de ella tantas veces. Ahora sé que no ha merecido la pena, pero estoy cansado de lamentar, solo quiero recompensarla por todo lo que me ha dado y por eso no me separo de ella más, ni por un segundo.


Nos quedamos relajados, meditando en este precioso sitio, contemplando cómo la vida transcurre en su camino aparentemente interminable, acordando que algún día nosotros pertenecíamos a aquella vida y ahora nos aislamos cada vez más. Creo que, por fin, soy parte del universo de Lorena, por fin se ha convertido también en el mío.


Después de un buen rato me levanto, ayudo a Lorena abandonar su refugio. Miro a la mesa y veo dos tazas de café, la mía vacía, y la de ella llena.

Salimos despidiéndonos de todos. De reojo vuelvo a ver esa mirada extraña de Nátali.
Pero no me entretengo a pensar en ello, Lorena se apoya en mi brazo y tengo que estar pendiente de ella. Siento la mano fría de mi mujer y, sin embargo, este frío me abriga.
Y me no me importa que nadie más la vea.

©Natalia Koer

5 comentarios en “Las mañanas de Alberto…

  1. Me agustado mucho. He abierto un mundo de las frases muy bonitas,que en la vida cotidiana no se escucha, simpre con la prisa en la vida a veses lo perdemo algo tan sercano y tan querido. Muchas gracias.

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